Cuando salimos de Madrid rumbo al Delta del Ebro tenía claro que así no podía vivir. Llevaba con la obsesión casi un año y cada día era más fuerte.
Durante los kilómetros que llenaron el áspero viaje mis compañeros de viaje, Cristina, mi amiga, esposa y compañera de aventuras junto con mi padre y amigo, trataban de, sin que se les notara mucho, hacerme ver que estaba a punto de equivocarme.
Nos habíamos organizado para viajar el Domingo. El Lunes haríamos todos fiesta y veríamos que ocurriria al verla.
En Valencia, la Pepica nos regaló un arroz que fue capaz de quitar por un rato el único tema de conversación.
A pesar de que tenemos dos motos y hemos realizado aventuras "de toda índole" con ellas, no son estas un tema habitual de conversación con mi padre.
Desde hacía unos meses sin embargo, las motocicletas rusas se habían convertido en casi el único tema libre de preocupación que salía de mí. No se como me las arreglaba pero todas las conversaciones, antes o despues, siempre acababan hablando de las capacidades y versiones de las motos que la fábrica de Irbit se empeñaba en fabricar.

Paseando por la playa de valencia tratando de olvidar el arroz y lo que nos había traido hasta allí
El arroz fue capaz de cambiar mi conversación... pero no pudo con lo que no dejaba de pensar.
Hierro. Así lo llamó mi amigo Nacho meses antes en la barra de un bar tras contarle mi obsesión por las naves rusas mientras engullíamos un desayuno "motero". -Sería un error, te cansarías enseguida.
Repetí las palabras de Nacho muchas veces en mi interior. La verdad, y ahora que no nos oye nadíe, no puedo presumir de frecientar una conducción especialmente tranquila en moto. Tampoco en coche ciertamente. ¿Que iba a hacer con una moto que "disfruta" con cruceros de 90 km/h?
El arroz terminó y los kilómetros que nos separaban del Delta del Ebro eran cada vez menos. La noche cayó sobre mi coche que sin inmutarse reducía la distancia de forma rápida y "aséptica".
Llegamos al hotel.
No estaba chistoso, y la verdad, no me encontraba agusto.
La situación era ideal, ¡una aventura con los que más quiero!. Tenía miedo. Sólo unas horas me separaban de la decisión.
Por más que me empeñana, el análisis histórico al que podía acceder no me llevaba a ninguna situación similar.
No era la la primera vez que me encontraba frente a la decisión de comprar o no un vehículo. En mi cada día más larga existencia he comprado motos, coches e incluso barcos. Todas han tenido un tiempo de ilusión, de reflexión e incluso de incertidumbre, pero en ninguna compra me había sentido tan perdido.
Pensaba que esto podía ser fruto de todas las opiniones que sin querer había ido recogiendo al contar mi obsesión. Pensaba tambien que la crisis económica que azota a España recomendaba no realizar desaires económicos.
Pensaba, cómo no, que en mi "normal proceso de compra" una gran obsesión implicaría una gran duda. Además ¿cómo no "dudar" ante lo extraño que es tener una moto rusa? No vale como moto de calle. No sirve como coche. ¿Que utilidad real podría darme?
Esa noche apenas pude dormir. Sólo quería que se hiciera de día, y que todo comenzara. Habíamos quedado a las 9 de la mañana en la plaza del ayuntamiento de Deltebre. Cuando hable con el vendedor trate de no parecer demasiado entusiasmado, pero creo que, días antes, cuando llegamos a un acuerdo económico por teléfono supo que su moto dejaría ya de ser suya.
Veríamos la moto, y si todo estaba como debia estar, haríamos los papeles.


